Tres templos
Trazo mi cartografía diariamente, pero durante años he ido afinando mis rutas.
Establecer rutinas con la ciudad es parte de sentirse un habitante.
El hombre que lleva una habitación por dentro (todo hombre para Kafka) lleva en verdad una ciudad.
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El peso
Sólo se encuentra lo que no se busca, me han dicho. Paseo por el Centro Comercial Chacaíto y busco la librería Lectura, porque era el lugar para estar a veces, para robar a veces, para ser engañada, siempre. Sobre su vitrina un letrero de “Se vende” con un número de teléfono al cual nadie llama, porque eso lleva mucho tiempo así. Me alegra ver que no se haya vendido. Bien lo hicieron los libreros, apestaron el sótano, ya nadie quiere ese local. Pero la búsqueda fue artificial, así uno no halla nada.
De pronto empieza una persecución. Dos mujeres, tres mujeres, un vigilante, otro de seguridad, el ejército de los uniformados en chemises nos interceptan a Ángel y a mí: “¿Para qué son las fotos?”, “Está prohibido tomar fotos”, “¿Qué quieres buscar?” Así nos expulsaron del primer círculo del infierno, purgatorio afuera, salimos a la calle, pero en el camino ahí estaba: lo que no se había perdido, como dicen los poetas.
Estaba un peso que se parece a las máquinas de chicles que ya no se ven más. Es rojo, un espejo lo recorre, una ranura para colocar la moneda, una perilla para descubrir… y se apareció de golpe la infancia. El padre, la madre, la hermana y el largo peregrinar desde La Poma con la boca cerrada para no comer papelillo. Entonces llegábamos al centro comercial. Se abría el espectáculo de tiendas, la fuente de soda y en una columna la máquina en que mi padre nos pesaba a mi hermana y a mí.
Yo no alcanzaba a ver cuánto pesaba, porque el peso era más alto que yo, pero me veía cuerpo entero en el espejo y todos éramos felices. Los cuatro nos pesábamos porque “pesarse con frecuencia es saludable” se lee todavía en la máquina. Mamá subía y entonces empezaban los remordimientos: “apenas termine el carnaval empiezo la dieta”, y era lo mismo en navidad, vacaciones, hasta en los feriados más cortos.
A nuestras espaldas un vigilante insiste en que no podemos fotografiar. Nadie dispara ninguna cámara. Un camarero se acerca, sube al peso, inserta la moneda, hala la perilla, mi rostro cambia. “¿Sirve?”, pregunto. El hombre afirma y me regala una moneda.
Como quien va a bañarse en el río de la memoria me despojo de todo. Zapatos, suéter, cuaderno, teléfono, bolígrafo, subo al peso, halo la perilla. Arrancan los remordimientos, mañana empieza mi dieta, sin falta.
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Todo sobre mi cuaderno
La semana pasada compré un cuaderno que invita a la contemplación. Sus tapas tienen un diseño muy sencillo, casi vegetal. Quizá porque son muy suaves, como esas hojas de matas con pelitos, que provoca tocar con sumo cuidado para no desprenderlas.
Mi cuaderno tiene una cinta elástica para cerrarse y un marcador que ahora descansa en una página inmaculada. Al verlo siento que voy a escribirlo en una sola sentada. Me digo “falta encontrar el bolígrafo perfecto para que la tinta invada cada cuadro de esa promesa en bond”.
La verdad es que es tan hermoso que creo que no lo quiero escribir nunca. Porque también las palabras decepcionan y lo que traducimos en lenguaje jamás es la cosa misma (me-han-dicho) y cuesta tanto llegar a una metáfora. Entonces pienso ¡ah la metáfora! y se me aparecen Ida Gramcko y María Zambrano, las dos mujeres que me llevaron a comprarlo para que me haga compañía en la biblioteca, para que me sujete de la mesa y no pueda perderme en los laberintos del lenguaje.
Cada cuadrito de las páginas de mi cuaderno es un camino de regreso a la vida. Eso pienso de mi cuaderno, mientras permanece dormido en una de las gavetas de mi mesita de noche.
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